REFLEXIÒNLa debilidad de la fuerza es no creer màs que en la fuerza
Los hombres màs fastidiosos del mundo son los que tienen màs energìa que capacidades
INSTANTES
TODO LO QUE SUBE, BAJA
Caigo de noche en noche
sin nada que detenga mi caída.
Ajena del aire
caigo al asilo de las sombras
La tierra reclama su distancia.
Difícil no entender
que todo lo que sube, baja.
MURO DE LAMENTACIONES
Nada me fue negado
y sin embargo
soy sólo un pez
en el trasmallo de XX siglos y uno
que transcurre tras la sombra
de su triste figura
¿Qué es la sistematización?
La sistematización es la interpretación crítica de una experiencia, reconstruida y ordenada para explicar la lògica del proceso vivido, los factores que han intervenido en dicho proceso, cómo se han relacionado entre sí, y por qué se han hecho de ese modo. En la finalidad de proyectar el trabajo posterior.
¿Cuál es la finalidad de la sistematización?
a. La comprensión y la reflexión del trabajo realizado
b. El adquirir conocimiento (o teoría) a partir de la práctica.
c. Favorecer el intercambio de experiencias entre los grupos beneficiados y una comunidad potencial.
Observaciones y análisis crìtico del proceso.
En los talleres productivos, y posterior a ello, evidenciamos el comportamiento de los beneficiarios, atentos a la asimilación de conocimientos, interesados en el saber, que no acuden prontamente a hacer uso de estos como herramientas de trabajo. No obstante cada cosa tiene su tiempo y todo tiempo su hora. Y el tiempo y la hora es el momento de “necesidad”.
La necesidad nos obliga a hacer uso del conocimiento. Por ello somos recursivos en momentos de necesidad y esa recursividad impele la emergencia de la creatividad.
Necesidad ------- Recursividad ---------- Creatividad
Esta cadena da como resultado
- Reconocimiento y valoración del talento
- Esfuerzo para sobresalir
- Trabajo
- Producción
el 9 de Noviembre de 2011, en la Plaza Almirante Padilla de la ciudad de Riohacha, se llevò a cabo la sistematizaciòn de la experiencia, sesiòn acostumbrada por Atrapasueños y la gestora del proyecto BETSY BARROS NUÑEZ, para dar el cierre a la vigencia y retroalimentar el trabajo realizado, asì consolidar en tèrminos de proyecciòn la vigencia 2012.
Un fuerte aguacero bautizó la apertura y asìmismo despidiò esta actividad, en la cual participaron beneficiarios no solo de proyecto Literando, sino tambièn de Rondas Literarias; algunos potenciales beneficiarios y personas del comùn interesados en conocer y evaluar la gestiòn de la Fundaciòn Atrapasueños.
Los comentarios y las evidencias (fìsicas, fotogràficas, visuales y estadìsticas) permitieron no sòlo mostrar lo realizado y el camino recorrido en el 2011, sino hacer eco para el 2012 de las sugerencias y comentarios propòsitivos de los asistentes a la Sistematizaciòn.

426 beneficiarios primarios, 382 asistentes a actividades programáticas de Literando en el 2011, 320 beneficiarios secundarios, para un total de 746 beneficiarios totales. Es el resultado del proyecto en 13 actividades que incluyeron talleres para niños, jovenes y adultos, actividades lùdico-recreativas, conferencias, tertulias, muestras productivas, recital. Sin contar los espacios de socializaciòn y sistematizaciòn. El 9 de Noviembre los asistentes al evento recibieron las memorias del proyecto. Memoria Visual Literando 2011.
Quedamos a la espera de seguir dando MÁS y MEJORES resultados con el esfuerzo que demanda y traduce el TRABAJO, en LITERANDO, proyecto sociocultural de ATRAPASUEÑOS.
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NARRATIVA
AQUEL FUEGO
El objeto precioso que acababa de hallar era extraño. Una valija bien conservada contenía un libro antiguo. Estaba encuadernado en piel de carnero. Sin duda era un patrimonio personal. Examiné algunas páginas al azar que me asombraban crecientemente, las letras me eran raras. Sus increíbles signos enredados me sorprendieron. En el lomo estaba inscripto, en un castellano casi pulcro, “el libro de arena”. Ahora me sorprende más haberlo encontrado, ahora que al viajar, descubro la eterna llama de mi ciudad y me parece estársela mostrando a alguien que soy yo mismo:
Desde el avión observarás a Dunaria. La ciudad estará incrustada en el Caribe y abarrotada de cocoteros. Prestarás atención a la romería de calles que van a dar al litoral. Luego desviarás los sentidos hacia aquel fuego azul, a la izquierda. Yo aún no logro olvidar esa llama inextinguible. Estoy convencido, sin embargo, de que nunca se apagará. Pero casi atino a pensar que allí eché para siempre mi propio destino.
Ahora que soy asistente bibliotecario comprendo más que nunca lo que he vivido. Cuando niño, después de la muerte de mamá, fuimos a dar al orfelinato de las hermanas franciscanas. Allí me educaron. Mis hermanos fueron adoptados por extranjeros. Las Franciscanas me consiguieron este trabajo en la biblioteca pública; así es como recuerdo este misterioso libro de cuentos que me arroja a mi remota infancia.
Desde niño sé qué es el filo del hambre. Vivíamos en una invasión aledaña al aeropuerto. Recuerdo las jornadas, agachados, buscando material reciclable. Todos los días, cubierto de polvo y mugre, entre latas, comida en descomposición y gallinazos. Buscaba aluminio o cobre: metales bien pagados. Recogía cartón. Separaba plástico y vidrio y empaques útiles todavía. No sé por qué los compañeros del basurero me tildaban de loco. Yo inventaba ficciones para atenuar nuestra pobreza; quizás sería por eso. Pero sólo yo sé la tribulación y la amargura que vivíamos entonces. Los días eran iguales. Después de ayudar a mamá, volvía a casa, con hambre de perro, comíamos y nos metíamos en la cama. Al quinto de primaria pude llegar a pesar de todo.
La hoguera del basurero siempre había sido el lugar privilegiado para nuestros anhelos y ansias de salir de la indigencia. Allí solíamos pasar ratos lanzándole toda suerte de objetos con la sola intención de avivar la llama que, por suerte, no nos tocaba encender a nosotros, ni supimos nunca quién lo hacía. El humo era bueno, espantaba las moscas y de paso turbaba a los gallinazos.
Hombres, mujeres y niños nos precipitábamos en busca de los mejores desperdicios cuando llegaba el camión del aseo municipal. Ese era nuestro sustento. Tratábamos de treparnos a los camiones. Alguno que otro caía o era atropellado por la multitud. Pero a pesar de los peligros, apenas sí se conseguía para la supervivencia diaria. El vidrio, el cartón o el plástico, juntados durante el día, se vendían casi al entrar la noche. Me sentía orgulloso de ayudar a mamá, pero me moría de ganas de tener en mis manos un cuaderno y un lápiz: ir a la secundaria era un anhelo sembrado por la envidia que me provocaban los niños acomodados, que por entonces asistían al Liceo de la nostálgica Dunaria.
Mamá había trabajado siempre en el basurero. Allí conoció a mi padre, un comprador casual de materiales reciclables. Al darse cuenta del embarazo de mamá, nunca más volvió. Eso me contó ella. No lo conozco. Tampoco conozco los padres de mis hermanos. Los rostros y el color de piel de cada uno de nosotros son diferentes. Nunca le pregunté. Trato de no recordarlo.
Afirmar que es cierto todo lo que me pasó, es aseverar que es creíble, sin embargo, la veracidad de esto no la pondré a consideración de nadie. Hace unos años, cayendo la tarde, descubrí algo sorprendente. El objeto precioso que descubrí entonces, repito, no era un juguete. No era un metal mi hallazgo. Una valija bien conservada contenía el libro de mi deslumbramiento. No imaginaba quién pudiera ser el dueño. Estaba encuadernado en piel de carnero. Sin duda era un patrimonio personal. Examiné algunas páginas al azar.
Las letras me eran raras. Sus increíbles signos enredados me sorprendieron. En el lomo estaba inscripto, en un castellano casi pulcro, “el libro de arena”. Lo abrí lentamente y una especie de sistema de garabatos y cifras insondables circulaba, una especie de espíritus habiendo sus fauces veía entre las páginas enmohecidas. Cerré la obra, saturado de un pánico fanático. Cada línea me parecía repleta de tangibles misterios. Tenía pequeñas ilustraciones que hablaban una lengua extraviada y más aún su escritura exacerbaba mis miedos.
Devolví el tratado a la valija y me predispuse a seguir recolectando trozos de cartón, pedazos de hierro y caucho; no podía distraerme. Además, en el basurero no había tiempo para los libros.
Presumo que nadie me juzgará como una persona desequilibrada, pero si alguien hubiera estado conmigo, yo no le parecería un insensato. Mucho menos lo que voy a aseverar. Un hombre agudo (y ahora estoy convencido de sus rasgos de europeo), a pocos días llegó al basurero... Acaso mi emoción lo hacía ver más colosal de lo que era en verdad. Todo su aspecto era de un ser consagrado.
Tenía manos como de bibliotecario. Un vestido de paño inglés lo obligaba a detestar el calor de Dunaria. Ahora presumo que era argentino, a juzgar por el acento y la manera de hacerse sentir como centro del universo. Llevaba un lacayo acompañándolo. Al principio creí que era un señor adinerado, luego advertí que era un burócrata, más bien funcionario público.
A lo mejor me había engañado a mí mismo. Se me acercó. Le ofrecí los restos de una silla de madera, como buen anfitrión. A pesar de todo se sentó como en un trono pontifical. Duró un rato interminable hurgando con los sentidos. Tardó bastante en hablar, cuando lo hizo, recuerdo muy bien que emanaba sabiduría en cada palabra expresada.
La buena suerte te sonríe, Gregorio –me dije a mí mismo. Pero no… El visitante pidió que me le acercara. Así lo hice.
Pibe, ando buscando una valija que contiene un libro –me dijo con voz de ángel caído casi dentro del oído.
Quedé en silencio. Tan sólo observaba sus ojos blanqueados perdidos en aquel muladar. Descubrí que era ciego y me entristeció súbitamente. Casi a la altura de sus cejas tenía unas ojeras insondables como las de un oso de circo.
Es algo muy personal –me increpó nuevamente. Al cabo de un instante le mostré hacia la hoguera.
Allá lo lancé, –le dije con mi voz de adolecente.
El criado le insinuó algo al oído. Él murmuró otro tanto ininteligible. Abandonó la vieja silla y al instante comenzó a gritar en idiomas desconocidos para mí. Ante mi presencia daba alaridos, se deshacía en maldiciones y trataba de alejarse a toda prisa, dando pasos torpes y tropezando con todo.
–Ignorante, ignorante – Fue lo último que le oí decir en un castellano admirable, mientras la tarde lo llevaba por trochas infinitas. Esto aconteció hace tantos años y aún no se disipan los pasos en mi memoria. Les aseguro que no sé qué contenía aquel sagrado libro, sólo sé que era tan importante para la vida de ese anciano invidente y delicado. Ahora estoy convencido que en el basurero de mi ciudad, desde que arrojé aquel libro, la hoguera en la que, indistintamente, lanzábamos cosas, adquirió una llama fantástica, azul, inextinguible que tarde o temprano sofocará el mundo.
Limedis Castillo Mendoza
Narrador de Riohacha-La Guajira
ACTA
Concurso Nacional
LA POESÍA COMO UNA CASA
Reunido en la fecha, el Jurado del Premio, “La Poesía como una Casa”, convocado por la Casa de Poesía Silva de Bogotá, decidió otorgar los siguientes premios y menciones:
Premios
Por unanimidad
• Hipótesis tardías, seudónimo Martín Vicuña, identificado con el número 0540
• Morada de niebla, seudónimo Luto, identificado con el número 0008
Por mayoría
• Refugio , seudónimo Leonard T. Blue, con el número 0595
• Donde está la vida, seudónimo el Inquilino , con el número 0028
• El falso llanto del granizo , seudónimo Ray Stromo, número 0208
Menciones
• Al final de la jornada , seudónimo Alejandro Montejo, con el número 0296
• Cuando el poema , seudónimo Lao, con el número 0116
• A Lino Hernández , seudónimo Roch, con el número 0871
• Círculo , seudónimo Celeste, con el número 0088
• Nietzsche era un mariachi en chapinero , seudónimo Raúl, con el número 0154
Los miembros del jurado consideramos que la convocatoria rebasó las expectativas, no sólo por la cantidad de participantes, sino por el elevado rango estético de premiados y mencionados.
POEMAS GANADORES
PREMIOS
# 0540
HIPÓTESIS TARDÍAS
Si mi casa estuviera hecha con palabras no me calcinaría el silencio,
la humedad y las grietas no serían más que metáforas del frío
que se alimenta con mis huesos.
Si mi morada fuera un poema tendría una fuente en la mitad del patio
y las monedas oxidadas por la memoria de tantos deseos perdidos
no hablarían en los bolsillos del hambre.
Si la argamasa de los muros estuviera hecha de aliento incontenible,
si las vocales llenaran las horas con ese humo que no asfixia,
sería difícil desprenderse del fuego,
alejarse cuando el crepitar se hace canto y la luz sube por la garganta:
no mediarían en la atmósfera los vocablos de la muerte,
no podría, como ahora, olvidar la manera de respirar.
Sandra Uribe.
Seudónimo Martín Vicuña
*****
# 008
MORADA DE NIEBLA
Paciente espera detrás de la puerta
viendo el paisaje de un largo corredor,
o atisba parapetada en el silencio
de unas habitaciones que rezuman
cantos y rondas infantiles de otras épocas,
o se acerca insegura como la hoja
que callada cae desde el almendro,
o surge de una caótica algarabía
de pequeños duendes que en la sala retozan,
o la acompaña un mar en calma que alberga
como en la tina que no había,
barcos de papel que al mojarse naufragan.
Su fuerza viene de aquí o de allá,
del gastado carbón que brasea en el anafe,
del aire o de los cielos que hacen
de la ventana una pintura inquieta.
Se hace añicos parece que partiera
como cuando se ausentan los hermanos
y ya los padres abandonan la partida.
O como un Big Bang del alma estalla,
se aturde ante el azar de las palabras,
los cimientos se quiebran
bajo el andamiaje de los versos.
Así la casa, así la poesía,
nos observan de lejos como
a extraños huéspedes “tocados”
que tiemblan en la espera
a que la poesía, como la casa,
reticente y posible,
espabile los ojos de un niño extraviado.
Rafael Escobar de Andreis
Seudónimo: Luto
*****
# 0595
REFUGIO
I
Por mis fantasmas acechado, llego hasta el libro, acechado por mis fantasmas.
Abro nervioso una página, buscando una palabra, una clave, un talismán,
una migaja dejada caer por un poeta en el bosque de la noche,
al fondo de la noche, para iluminar la noche,
para indicar senderos que sólo indican senderos
hacia allá, donde perdiéndonos, nos encontramos:
La lectura.
(Una fragata para tierras lejanas, una cabaña con leña seca, la máscara que talla, lentamente, nuestro rostro)
Los acentos me descubren y me ocultan,
Son capaces de rasgar mi carne y rozar el borde de mis labios.
Quedo impregnado de sintaxis,
Menos solo, al fin,
Como quien construye una caricia.
Como quien siente que las lágrimas han hecho su labor redentora,
como quien cree, quiere creer que cree, que ha encontrado el adjetivo perfecto.
II
Las palabras no son mías, pero ahora -por un instante- también
me pertenecen.
El ritmo me hala la camisa
Y me lleva, bordando las esquinas con hilo de recuerdos.
No sé si salté por la ventana, o escalé por las líneas de una frase aventurera.
Ya no estoy solo,
es cierto.
Los gatos son versos con cola y bigotes, susurrando sinuosos al oído de la noche:
Una casa de palabras es un manantial que fluye desde el corazón.
III
Tenemos una serie de surcos en nuestra piel de vinilo, para que pase la aguja de las canciones que nos hacen llorar.
Pero además, tenemos una serie de puertas y ventanas,
Un recoveco de afectos impresos por ambas caras,
Un salón donde entra la luz de las tinieblas y el abismo,
Unos brazos abiertos para guardar en su memoria los poemas que nos definen,
Siempre cambiantes,
Siempre de paso,
Siempre mariposas,
Siempre murciélagos.
IV
Una sílaba me cobija en un frío rincón
El papel me acoge entre sus pliegues
Ruedo por una de las vocales de tu nombre.
Capturas el instante con un juego de espejos:
Al otro lado del tiempo, mis ojos se cierran y mi espíritu se eleva ante el aroma
De tu piel.
Te leo,
Me habitas,
Te habito.
Enrique Trujillo
Seudónimo Leonard T. Blue
*****
# 0028
DONDE ESTÁ LA VIDA
En esta casa
donde cambian de sitio las memorias
cada palabra es aleteo del insomnio
un canto una meditación un quejido
que vienen del silencio.
El color de la luz es cada hora diferente
y si el viento se asoma a las ventanas
es otra la sombra de todos los mortales
otro es el gato que sube a los tejados
o el perro que ladra ante la puerta.
Alguien golpea
como buscando lugar a su tristeza
un sitio a la alegría
una página en blanco
la pantalla de algún ordenador
luz que se enciende con el tacto
música grave
que de lo profundo llega
Se abre la puerta
y uno por uno entran los vocablos
se instalan en una habitación
como poniendo en su lugar los muebles
y se encuentran las luces y las sombras
como puertos celestes.
Entran
sonidos que ascienden o descienden
por el pentragrama
se posan en la página
letras que salen del lápiz o el teclado
y caminan mirándose a los ojos
acomodan sus voces y sus tonos
auscultan los rincones
se ubican en el patio o en la sala
y saben que ahí está su casa
donde cada palabra y cada gesto
a todos nos reúne
como en última cena.
Con todos los vocablos
- dóciles ecos de la luz -1
oímos el canto de los pájaros
que rasgan el aire como un chelo
o gritan como un violín que rompe el arco.
Se oyen de una pared a otra
caminan del corredor a la cocina
habitan esta casa
donde la vida pasa breve
tomada de la mano con la muerte.
_____
1 Armando Rojas Guardia
Luz Mary Giraldo
Seudónimo El inquilino
*****
# 0208
EL FALSO LLANTO DEL GRANIZO
I
Me enamoré alguna vez de una mujer con los pechos recién ungidos
Era el tiempo de la guerra
Ella recogía esparto
en estaciones violentas
y yo veía crecer dos o tres caídos sobre la hondura del agua
La noche en que durmió el búho cetrero
un estruendo levantó las tapias
y la trepadora
que ascendía hasta los tejados
dejó su rastro a los pies de las bisagras
Nuestra casa
una pluma en la memoria
¿Con qué adobe está hecha su voz
que aún se oye
por el derruido cielo raso?
II
Es la lágrima del ángel que se hunde entre las losas
o son los muslos de la muerte trenzando su sudario
Hay un latido sordo
un galope súbito en los azulejos del alma
¿Bajo qué baldosa ofendida
encontrar su eco de ceniza y espanto?
III
Me enamoré alguna vez de una mujer con los pechos recién ungidos en tiempos de guerra
Su piel de araucaria se vino abajo
con los muros que construimos
Mientras veía desatarse
el indómito fuego
y el falso llanto
del granizo
Helman Giovanni Pardo L.
Seudónimo Ray Stromo
*****
MENCIONES
# 0296
AL FINAL DE LA JORNADA
Casi al final de la jornada mi padre venía
y se sentaba a la mesa,
y luego nos sentábamos nosotros, uno a uno,
en el verde-olivo de sus ojos.
Y la risa de mi madre desde la cocina
era como una canción humeante.
Una canción que llenaba
los estrechos corredores de las habitaciones;
que trepaba por las paredes blancas de la casa
hasta hacerse con la noche murmullo,
susurro triste entre los árboles
que vigilaban el patio.
Recuerdo por ese breve momento
aquellas migas de luz,
aquella paz aligerando el peso
de la pobreza sobre nuestros hombros.
Y entonces seguíamos, tan juntos seguíamos,
hasta el final de la jornada.
Justo Javier Gafaro Montejo
Seudónimo Alejandro Montejo
*****
# 0116
CUANDO EL POEMA
El mar que llevo dentro me separa del mar.
Y si la oscura mirla se posa en la alambrada
otra es la cerca y otro es aquel pájaro
hechos enteramente de nostalgia.
La noche no es la noche,
es miedo, es embriaguez o pesadilla.
El amor no es presencia,
él es tan solo aroma de inestable mañana.
Pero cuando te nombro, oh mar, en poesía,
cuando como a horcajadas de cabello salvaje
llega hasta mí la noche en la palabra noche,
cuando el amor, el pájaro, la soledad y el árbol,
cuando el poema,
allí el mundo me habita
y yo habito el mundo
como a mi propia casa.
Luis Alfonso Otálora Bonilla
Seudónimo Lao
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Y LA CASA OLVIDÓ LA NOCHE….
A Lino Hernández
Y la casa olvidó la noche.
La madrugada llegaba con el aire gris, que limpiaba la sangre de los espejos.
Mientras que en cada árbol, un pájaro despertaba.
La casa del pueblo.
Papá, mamá, hijos, nietos… en un solo olor de madera.
Atrás un corral, las vacas, y de nuevo la tierra.
La casa.
El viento que danzaba bajo el sol, jugando con los niños.
El centro del principio.
El lugar de todos los lugares.
Más allá de los caminos, el frío y la lluvia.
No había gobierno para los caballos de la noche…
La abuela en la cocina.
Nosotros escuchando el estrepito de los platos…
La dulce fuerza de sus manos.
Luego sentados en la larga mesa, junto a los caballos.
Y un viento nos sacudía, diciéndonos…
Que la eternidad… ya había comenzado.
Margareth Ríos Hernández
Seudónimo Roch
*****
# 0088
CÍRCULO
en cada espacio de la casa un pedazo de mí
algo
en el umbral del día
corre abismado
mientras me oculto de la noche bajo el techo blanco
María José Losada Vargas
Seudónimo Celeste
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#0154
NIETZSCHE ERA UN MARIACHI EN CHAPINERO, ACUÉRDESE
a mi padre por supuesto
la poesía perdió prestigio cuando abandonó la casa de mi padre
la casa de mi padre perdió a la poesía pero de hecho
ganó en independencia
fue entonces que se sublimizaron las metáforas
atraídas por el olor que alimenta un ajo crudo
y el poema pasó a ser su verdadero espacio
(no la noche en esta sala de recibo)
mi padre era un curador de insanos confundidos
que lavaba su cabello con sábila licuada para que
así renaciera un poco más en luna llena
las materas de helechos eran paso de corte en el pasillo
dando vuelta en la esquina cuando entraba el verano
el sol hurtaba con malévolo placer las flores deshojadas
de un patio despejado
después llegaban lluvias en los octubres turbios
en ráfagas de vientos que caían sobre las tejas blandas
donde lenguas de gatos limpiaban excrementos de murciélago
el agua resbalaba sin pausa en las cornisas
se entraba en la casa ahora iluminada
por patéticos rayos invisibles
la poesía perdió prestigió cuando abandonó la habitación
donde dormía mi padre
incólume en su oficio de fabricar palabras sublevadas
o al menos testimonios
o mínimo arengas maltratadas
la poesía abandonó el segundo piso de la casa de mi padre
donde detrás de cada puerta
se oficiaba un poema a mano alzada
la casa perdió la poesía pero ganó en poemas menos raros
pues mi padre escribía sobre teclados tristes
entre fotos del siglo diecinueve
que contemplaban impávidas los dedos de su cara
por eso se secaron las cisternas de los baños quizás
por estar un poco más que abandonadas
o el piso resbalaba en los dedos de los pies sin los zapatos
la poesía abandonó el estudio de la casa de mi padre
donde él había vivido mutilado por textos trasnochados
mientras expulsaba en sus humos asfixiados
los habanos de cuba
la casa perdió la poesía pero ganó el poema que es en verdad
su verdadero espacio
la poesía abandonó el cuarto de los huéspedes con sus malos placeres desolados
donde nadie dormía por temor a morir al día siguiente después del chocolate
la poesía dejó algunos nombres de ilustres personajes grabados
en ese anónimo cielorraso envejecido
que se cubría en el patio asediado por los perros
la poesía abandonó la habitación de mis hermanos donde el odio
era espuma sangrienta por la boca
ellos no se dieron cuenta pues andaban cazando los ratones
que huían del veneno amanzanado
ingrávido en los estantes de la biblioteca
la casa perdió la poesía pero ganó en volúmenes de ensayos metafísicos
con un Nietzsche sonámbulo debajo de su sombra en medio de los libros
abiertos en la herida
(Nietzsche jamás durmió en aquella casa)
la poesía abandonó la sala de recibo de la casa de mi padre
donde había una escopeta con dos tiros
vertida en las entrañas de un florero para que nadie escuchara tan de cerca
la música asesina de los pianos de cola
la casa perdió la poesía pero recuperó sin duda los sueños no dormidos
y el tedio jorobado de mi padre hastiado de escribir porque el epíteto
lo había convertido en un hombre cotidiano
...
SOMOS LO QUE VEMOS
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